miércoles, 10 de septiembre de 2008

RACING 1 - INDEPENDIENTE 1

Ese mote tantas veces sacado a relucir por el hincha de Independiente, a partir de la historia rica de su copero club, podría sonar irrisorio a juzgar por lo que se observó ayer en el Cilindro. En Avellaneda, más que nunca, el orgullo nacional fue Racing. La sangre y el apetito, componentes que nunca debe faltar en un equipo, los tuvo la Academia. La mezquindad y la hibridez dejó en offside a un rival que pareció con el estómago lleno antes de sentarse a la mesa para comer...

Ese loco festejo. El bebé, indefenso él, no pudo evitar el despojo apasionado de su padre. Borracho de euforia, terminado el partido, el plateísta le robó el pañal -estaba limpio-, lo elevó y lo exhibió socarronamente. Fue una manera original de tratar de miedosos a esos hinchas que vieron cómo su equipo terminó sin alma, sin delanteros, sin hambre. A su lado, también exultante, un chico derramaba lágrimas que le fabricaba su corazón. Un rato más tarde, los jugadores se iban del vestuario como ídolos, rodeados de personas que, cámara de foto en mano y ávidas de autógrafos, los obligaba detenerse a cada segundo. En el Puente Pueyrredón, las banderas de Racing flameaban como hacía mucho no ocurría, los colectivos iban abarrotados de hinchas que cantaban.

La Academia no ganó, pero el modo a través del cual llegó al empate, en el final, generó una profunda satisfacción en su gente. Más allá de sus limitaciones futbolísticas, de su falta de definición en la mayoría de sus situaciones de gol creadas, el hincha valoró la enorme actitud de un equipo que, en ese sentido, goleó al Rojo e hizo más como para justificar un triunfo. "Merecimos ganar, jugamos mucho mejor que ellos y con una gran actitud", no dudó José Shaffer. "Fuimos muy superiores, sobre todo en el primer tiempo", aseguró Franco Sosa, el autor del gol. "Manejamos la pelota, generamos siete chances claras y ellos una sola", sacó pecho Yacob, en la conferencia de prensa.

A esa altura, los hinchas de Racing se retiraban muy conformes con sus jugadores, aunque esto no había quedado en evidencia antes del comienzo del clásico: cuando la voz del estadio mencionó a los futbolistas, hubo total indiferencia hacia ellos.

La historia empezó a cambiar al final del primer tiempo, cuando el equipo recibió un aplauso como premio a su entrega mientras se metía en la manga rumbo al túnel. En la reanudación, con el fin de que Racing no bajara la presión, la tribuna soltó un "movete, Racing, movete". Y así fue nomás. Desesperada por la igualdad, con Yacob como baluarte de la lucha, la Academia atropelló al Rojo. Fue el orgullo nacional, el culto al esfuerzo.

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